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Se creían reinas

bandera usa Se creían reinas

Madre e hija izando bandera. Como si el mundo entero pendiera de esas cincuenta apelotonadas estrellas.
Jugaban a sentarse en cualquier banco desgastado y a conquistar a los viandantes con un patriotismo tan patético como las franjas rojas y blancas que ondeaban en el aire.

Se creían reinas de todo siendo mendigas de alma. Sin nada mejor que ofrecer que una nacionalidad vergonzosa en su pasaporte.

Pero pasaron los años y ellas mantuvieron esa tediosa rutina cada tarde después del trabajo.

Tan sólo hubo una conquista. La del tiempo, que devoró feroz las horas inútiles de sus vidas.

Y todo porque nadie jamás se dignó a decirles que las raíces no están en las banderas, sino en el corazón.

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De esos que duelen

parejapaseando De esos que duelen

Siempre, escondido en la nostalgia.
Como una broma de mal gusto.
Te camuflas en secreto y apareces de repente.

Y cuando pienso que eres olvido.
Vuelves a ser recuerdo.
De esos que duelen. Que sangran.

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Tejiendo sin descanso

espaldas Tejiendo sin descanso

No olvides que vigilo. Cada uno de tus pasos. Controlo tus puntos de vista y escribo un destino del que un día serás dueño.

Estoy escondido en tus oscuras pupilas, camuflado en tu pensar y contenido en cada gesto al que tu frágil cuerpo se aventura.
Así que deja de rezar y arrodillarte ante un ente poderoso que la cultura se encargó de inventar para ti.

Espabila, joven alma. Pues yo, no estoy en ese cielo al que miras con anhelos imposibles.

Yo, estoy en ti, acurrucado en el rincón más oscuro de tu alma.
Tejiendo sin descanso un haz de luz que espero, algún día, te ilumine eternamente.

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Bandera blanca

violin Bandera blanca

Cada día, a las siete de la mañana se sentaba a mi lado. Me ilusionaba. Era capaz incluso de amansar esa furia que llevaba puesta los lunes en mis prendas. Vestía mi traje de una alegría sobrenatural.

Después de un año compartiendo soledades en el metro, me atrevía a sonreírle. Y ella, me respondía con unos hoyuelos que enamoraban. Pero jamás hablamos.
Así que yo me limitaba a escuchar la melodía que se escapaba de sus aurículares. Y allí, sentado, casi rozando pierna con pierna permitía a mis manos imaginar que la tocaba. Y a mis labios… Les concedía todo tipo de pecados en esos tres minutos de canción.

En cada viaje la misma canción. Y el mismo deseo, asfixiado ante tanta cobardía.

Pero una mañana tonta, me sentí valiente. Capaz de derrotar a cada uno de mis miedos; como si éstos hubiesen alzado una bandera blanca. Así que cuando ella se levantó y se bajó en su parada comencé a seguirle, buscando el momento apropiado.
Al cruzar el primer pasillo algo me llamó la atención. Ella, de espaldas, se paró y retiró los auriculares con delicadeza de su melena. La melodía -nuestra melodía- invadía aquel inerte túnel. Ya no nacía de sus auriculares. Si no de las manos de un anciano acariciando su violín, dejando escapar su maravilloso don en notas musicales.

Aquel era el momento. Me acerqué a sus oídos y, cauteloso de no romper el momento, le susurré: “¿Qué tiene de especial esta canción que la escuchas todas las mañanas?”

Ella, hipnotizada ante aquel sonido, rozó mi mano y me dijo: “¿No te das cuenta de que allá donde la muerte llega, aquí la vida comienza de nuevo?”.

Y a estas alturas sé con total certeza que aquel día, mi vida sí empezó de nuevo.

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Siempre estás ahí

hombre invisible Siempre estás ahí

Estás ahí.
Sin tú saberlo, eres. Eres en cada calada de mi cigarro, en mis paseos, en cada trago de ginebra que adormece mi tristeza.
Estás presente en mi almohada, que aún huele a esa primavera atragantada en mis pulmones. En mis sueños y en las cinco alarmas que me pongo para levantarme cada mañana. Eres en los susurros del viento; en las notas de cualquier melodía, en cada foto de mi cámara. En el vacío de mi casa, que ya no es hogar ni es nada.

Incluso mi café ha perdido ese aroma único de mañanas trasnochadas, noches de luna llena y besos de lobo hambriento.

Eres el ego de mi soledad y el suspiro de mi alma.
Y sé que aunque seas invisible, continuas ahí. Robándome sonrisas, conquistando con recuerdos cada centímetro de mi piel. Con besos que se quedaron a medio camino entre tu tren y el mío.

Eres esa huella que no se borra y no se ve. Un enigma humano que tiene nombre y apellidos.

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La voz de un ángel imperfecto

Cuando cantaba bajaba el paraíso a nuestros oídos y erizaba de emociones hasta al corazón mas inerte.
Conseguía congelar el silencio en salas abarrotadas de fans. Y de ahí surgía esa enorme y poderosa voz.
Era la musa, entre las musas. Y su música trascendía fronteras, países, épocas… Y lo seguirá haciendo.
Ella era Whitney Houston.

0 La voz de un ángel imperfecto

Así que este día se lo dedico a ella. Porque apuesto a que no hay persona en este mundo que no se haya enamorado un poco más de la vida escuchando una de sus canciones.
La voz de un ángel que decidió ser humano. Y por tanto, imperfecto.
Descansa en Paz, Whitney.

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Un millón de mariposas

mariposas2 Un millón de mariposas

Estábamos en la playa. En una noche de verano, de esas que tienen un sabor, un olor y una canción adjudicadas para el resto de la vida.
Arriba, en el cielo, la luna nos señalaba envidiosa. Y las estrellas brillaban pletóricas.

De repente, me miraste. Paseaste tus ojos por los secretos de mi cuerpo y me rozaste suavemente. Un millón de mariposas enloquecieron de placer. Y yo, perdí el norte en tu mirada. Como si hasta ese momento hubiera sido ciega.
Fuiste restando milímetros entre tu cuerpo y el mío. Y yo, esperé quieta. Ansiosa por mezclar tus besos con la arena que la playa había depositado en mi cuerpo.

Estabas tan cerca… Que tuve que parar de imaginarte porque si no corría el riesgo de quedarme estancada en el paraíso de mi subconsciente.

Siempre ha sido más fácil imaginarte. Y guardarte en mi memoria como un secreto robado.

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Una de cazadores y presas

relojroto Una de cazadores y presas

Llegó a su casa descontrolado. El pulso marcaba un ritmo ansioso en sus dedos. E inquieto buscaba una herramienta para cumplir con su papel de ciudadano desamparado.
Por fín, dio con él. Agarró el bate del garaje y buscó cada reloj de su casa. Fue destruyéndolos, concentrado.
El de la cocina, el del salón, el despertador… Incluso aquel que su mujer le regaló en su último aniversario. Uno a uno, morían en silencio sus latidos.

Cuando terminó, soltó el bate, se sentó; respiró profundamente. Y en aquel intenso silencio comenzó a reírse frenéticamente.
Como un lunático hambriento de un gramo de cordura. Con una risa estridente, de esas que avivan pesadillas y destruyen ilusiones.

Finalmente cayó rendido, junto al sol escondiéndose. Abrazó al suelo, ya liberado.
Y lo último que se escuchó fue un susurro teñido de tristeza y soledad:

“Ya no soy presa, ni siquiera del tiempo”.

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Una muerte digna

chica callada Una muerte digna

“Yo sólo quería decirte que…”

Fue pronunciar aquella frase mágica y selló mis labios con sus manos.
Un “cállate la boca” camuflado de caricias. Y lo peor de todo, es que me gustó.
Sería por el roce de su piel, su mirada, o por su maldita manera tan encantadora de entrelazar sus dedos en mi cara…
No sé con certeza qué fue lo bonito de aquella situación pero el caso es que me callé. Con cara de boba, de tonta.
Y tan sólo le miré. Quieta pero dispuesta a todo, gritando en silencio deseos prohibidos.

Y en cuanto retiró sus manos, la magia había desaparecido. Así que me di media vuelta y comencé a alejarme. A paso veloz para no dejar rastro de la vergüenza que iban dejando mis pisadas.

Y volviendo a casa comencé a pensar cuál era el fallo. Todo es culpa de esos consejos baratos que se leen en todos lados tan típicos como: “Di lo que sientas, no pierdes nada”.
Pues que sirva como queja, a quien dijo semejante estupidez: “Sí que pierdo. Pierdo el tiempo y la ilusión. Porque cada vez que dejo escapar a mi corazón por la boca, el mundo se pone boca abajo y yo caigo de bruces contra el suelo”.

Así que la próxima vez que a mis palabras les dé por querer salir escopeteadas por mi boca para revolucionar mi vida, muero atragantada. Lo juro.

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Faltas de ortografía

pizarra Faltas de ortografía

-No vale usar la goma para borrar-.
-¿Cómo que no? Entonces supongo que podré usar el típex.
-Tampoco-.
-Pero, ¿por qué? Si en el colegio siempre nos decían: “Si os confundís usar la goma. No quiero tachones que queda todo muy feo.”
-Sí, eso era el colegio. Esto es tu vida-.
-Pues menuda gracia, podías haberme avisado antes de que manchase la mitad de ella-.
-La gracia está en no decírtelo y que así seas tú el que decida si prefieres ir tachando el pasado o…
-¿O qué?-.
-O ir escribiéndolo elegántemente. Sin faltas de ortografía, ni fallos estúpidos.-
-Pero ni siquiera puedo borrar los pequeños detalles, ¿a los que ni siquiera les doy un mínimo de importancia?-.
-Amigo mío, ésos son siempre los que mejor definen quién eres. Así que cuidado. Escribe con sumo cuidado. Y así, quién sabe, tu expediente pueda caer algún día en buenas manos…

-Pues dame una pluma, que empiezo a escribir…

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